[DOSSIER] Bach – el resto es silencio

Por Mariano Díaz Barbosa

            El enigma final de la vida de Johann Sebastian Bach es su último manuscrito. Vemos cuatro líneas de pentagrama garabateadas por una mano trémula, apenas guiada por un ojo que se extinguía. Se desarrolla un tema (soggetto, pues se trata de una fuga) cuya raíz son cuatro notas separadas entre sí por el menor intervalo de nuestro sistema armónico, el semitono. Las notas son sí bemol, la, do y sí natural , que no nos dice nada a nosotros, pero en la notación alemana son las letras B-A-C-H. Poco después, el flujo armónico, una intersección perfecta de escritura horizontal y vertical, que arrastra casi sesenta y cinco años de una vida dedicada a la ciencia del sonido, se quiebra en el medio de un compás.

Abajo está la nota escrita por la mano del segundo hijo de compositor, Carl Phillip Emmanuel: “a esta altura, luego de hacer entrar el tema BACH, el compositor murió”.

Fuertes palabras, y la cuestión no es ya si literalmente Sebastián expiró mientras escribía, o tuvo semanas de una larga agonía que no le permitieron seguir. Como todo en la vida de este compositor, los detalles biográficos casi son inexistentes y languidecen en un segundo plano tras una obra que ha cambiado la forma en que escuchamos el mundo. Que Bach sea el compositor de compositores no se debe a detalles de una vida personal, difícil es dudar que era un genio, pero esa genialidad no se desenvuelve en detalles triviales de su biografía como sucede en la construcción de los monumentos de Mozart o Beethoven, el genio de Bach está latiendo vivo en cada uno de sus pentagramas, en cada fuga, canon o hazaña coral del contrapunto. La música de Bach sangra genialidad, es una música carnalmente sonora. Me refiero a que durante siglos matemáticos y teóricos de la música han buscado los cientos de patrones numerológicos que se hallan encriptados en sus fugas más complejas, y es cierto que Bach sentía una fascinación por el orden místico oculto en los números y proporciones, pero todo ello desaparece cuando el coro canta y uno es invitado a vivir la Pasión del Cristo en cada uno de los cromatismos y modulaciones de la Pasión de San Mateo. En esos estertores que Bach le arranca a cada nuevo hallazgo armónico, Bach acababa de parir el romanticismo, mucho antes de que existiera siquiera el clasicismo, por eso recién hubo que esperar a 1828 para que Mendhelsson dirigiera esta obra y le recordara al mundo el genio que habían dejado languidecer en una tumba sin lápida por setenta años.

bach

De Bach sólo sabemos que nació en Eisenach, bajo la sombra del castillo donde Lutero tradujo el Nuevo Testamento, en 1685. Quedó huérfano muy joven y se tuvo que valer por sí mismo, recorriendo comarcas y puestos de trabajo en que lidiaba con músicos incompetentes y líderes exaltados. La amargura y resentimiento es lo único que puede leerse en una de sus pocas cartas que han sobrevivido, en donde se queja por la forma en que el Concejo de Leipzig le recorta los honorarios y toda posibilidad material de llevar a cabo eso que el había indicado como su meta en la vida, ya en su juventud: “lograr una música de Iglesia bien reglada”.

Bach era indudablemente religioso, la música debía ser reflejo de la perfección de Dios, y nada mejor para expresar esa perfección que los patrones retorcidos y laberínticos de la fuga. Dios es Uno, entonces la idea de la dualidad clásica (dos temas) no es para él, para él es necesario tomar una idea, una mínima célula musical y trabajarla y reelaborarla hasta agotar todas su posibilidades. Allí están su Pasaccaglia y fuga para órgano, la Chaccone para violín, sus Variaciones Goldberg y la Ofrenda Musical, todas desarrollan hasta el infinito una idea primera, un pequeño motivo que lleva en sus entrañas un nuevo cosmos.

Y hay algo cosmológico en la música de Bach, pero nunca es un estadio pálido y neutro en un cielo empíreo, lo de Bach es una ramificación musical que recuerda a una enredadera, una flora armónica que llena todos silencios recordando que el único milagro que tiene el silencio es hacernos creer que lo que oímos es accidental y espontáneo. El silencio nunca volvió a ser el mismo después de Bach, el nos cambió de modo que nos hizo asumir como naturales cosas como que hay 24 tonalidades, 12 mayores y 12 menores, que él recién definió en 1722 con el Clave bien temperado. El nos hizo creer que es natural que exista en un mismo episodio musical unidad y variedad como dos caras de lo mismo, cuando antes era poco menos que una contradicción. Todo lo demás no hubiera existido sin ese primer momento.

Y sin embargo, pareciera que la última obra de Bach, esa larga fuga sobre tres soggetti no se ajusta a la ambición de “música de iglesia bien reglada”. Ese objetivo Bach ya lo había cumplido para la década de 1730. No existe en la música religiosa algo más perfecto que la Misa en Sí menor o las dos Pasiones. ¿Por qué Bach no siguió? ¿Por qué abandonó gradualmente su labor de Thomaskantor (director y compositor de la Iglesia de Santo Tomás de Leipzig) y se replegó en el hermetismo de esa última jugada maestra, una obra que a partir de una melodía de cuatro compases desarrolla catorce fugas y cuatro canons, una obra que se llamaría Die Künst der Fugue, “El arte de la fuga”.

¿Es un abandono de su profunda religiosidad por una ensoñación abstracta?

Hay un detalle que es fascinante en el entendimiento que Bach tenía de las cosas. En alemán se le dice a una pieza u obra musical Stücke (literalmente, “pieza”), pero Bach llamaba a sus composiciones Sachen, es decir, “cosas”. Las obras musicales para Bach eran entidades, eran cosas que existían por sí mismas, dentro del tiempo, pero en cierto sentido, a pesar de lo efímero del sonido, que se disgrega y corrompe en segundos, cosas que volvían a al existencia en cada ejecución, cosas de lagún modo, y perdón por usar este término, eternas.

Entonces puedo suponer que Bach habrá entendido las limitaciones de su obra destinada al servicio religioso. Sus Pasiones sangran, su música muchas veces disonante y cromática hacen padecer al oyente lo que padeció el Cristo, la Pasión de San Mateo es como ninguna otra obra, la actualización del mito de la Pasión, no una representación.

Y sin embargo, dejó esa hazaña de lado y para la década de 1740 Bach empieza a meditar sobre la scientia musical, aquello que es la forma, el origen y la esencia del hecho sonoro.

En cada uno de los catorce Contrapunctus (fugas basadas en una variación del Soggetto base o tema motto) hay una pequeña cosmología, una interpretación del origen de un mundo. En este contexto, cualquiera que espere bellas melodías debe buscar a otro compositor.

Pero no crean, sin embargo, que esa cosmología es una fría labor intelectual, la creación de un cosmos es siempre catastrófica, y a medida que uno avanza en la escucha de esa obra magna, las fugas se hacen más retorcidas, enrevesadas, cromáticas. En el contrapunctus XI hay momentos en que uno de asfixia, nudos y nudos de intersecciones entre las líneas argumentales de la fuga. Bach logra ponerlo todo allí, inversión de los soggetti, augmentationes y deiminutionem de los valores musicales, una arquitectura más parecida al rizoma de Delleuze que a feliz seguridad del clasicismo.

Es probable que Bach haya muerto cuando estaba luchando con la fuga XIV, su última palabra, una de las obras más perfectas que logró el ser humano. Es posible que haya sido así, y nunca me abandona la idea cuando escuchó ese final.

También podríamos buscar otra interpretación, y me acuerdo de aquel cuento de Borges del sacerdote Maya que logra ver el universo en las manchas de un jaguar. Quizás Bach logró ver, en cierto modo, el universo en lo que hacía. Quizás ya a esa altura, casi ciego luego de una desastrosa operación de cataratas, pudo ver algo que lo hizo no necesitar ver nunca más nada.

Johann Sebastian Bach había logrado ver algo que superaba lo que cualquier hombre podría lograr en su trabajo, el punto en que las palabras no pueden decir, las formas no pueden representar, y la música no puede alinear. Si hubiera llevado esa fuga hasta el final, el final hubiera sido uno falso, una interrupción deliberada de un hecho inasible.

Bach entendió he hizo lo único que podía hacer, aprovechando que su nombre tiene una correspondencia en las notas musicales alemanas, estampó su nombre en la obra, dijo: “aquí es hasta dónde llegué, no puedo ir más lejos” y se dejó morir.

Cuando forzamos a la música a darnos una melodía que podemos tararear, una estructura transparente que podamos seguir y un final satisfactorio, estamos, creo, interviniendo en un fluir que nos excede y nunca comprenderemos. Los compositores, hasta Bach, tenían algo en lo que superaban a los que siguieron, a pesar de que mucha de la música llamada superior se compuso durante el siglo XIX. Creían en una relación entre la armonía y lo eterno, una relación que no era ni metafórica ni poética. En la música de Josquin, Palestrina y por supuesto, Bach, el Yo es innecesario. En la música de Beethoven o Mozart hay una preeminencia del Yo sobre todo lo demás.

La inserción del tema BACH al final de la fuga podría pensarse como una sublimación del Yo, pero es más que nada la confesión de una limitación, la claudicación misma del Yo que no puede, que entendió, pero no puede. No se necesitan gigantescas orquestas ni himnos a la alegría, con cuatro pentagramas Bach lo comprendió, porque estaba en la materia misma de esa cosa que definitivamente se separaba de su creador, dejaba de  ser Stücke para ser Sachen.

Johann Sebastian Bach

Johann Sebastian Bach murió en 1750, y fue enterrado sin lápida. Recién en 1898 su cuerpo fue localizado.

El Arte de la fuga fue estudiado por todos los grandes compositores, pero recién se tocó públicamente en 1929, una obra demasiado difícil, al parecer, para el gran público.

Existe el ruido, la acumulación sonora de los hechos de la existencia. Existe la música, una lucha (inútil) por ordenar esos hechos en un fluir más o menos tangible. También se dice que existe el silencio, pero nadie ha logrado escucharlo.

Existe la música de Bach, que nos retrotrae al instante en que todo comenzó, en que el uno devino en lo múltiple. Y en la música de Bach está esa última palabra, ese compás que se quiebra.

En ese momento en que Bach dejó la pluma nació el silencio.

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