[MÚSICA] Canciones que generan paisajes internos

Por Aixa Rava //

“La guitarra es palo hueco
y pa’ tocar algo bueno,
el hombre debe estar lleno
de claridades internas”.
(Atahualpa Yupanqui, El payador perseguido)

El espacio de arte “El cultural” (Altolaguirre 2388, casi Monroe), sede de diversos talleres de arte e idiomas, galería de arte y sala de espectáculos y eventos, inauguró en 2013 un ciclo acústico que convoca a solistas, dúos y tríos de bossa, blues, jazz, fusión, clásica y pop para deleitar cada sábado a quienes gusten de la combinación de música y tragos en un ambiente cálido, casi como en el living de casa. Hace una semana, se presentaron Andrés Ciruzzi y Lautaro Gatti, creadores de la música del documental ganador del Concurso Nosotros 2010 organizado por el INCAA, “El mundial que nunca se jugó”, con un repertorio de canciones para guitarra.
Los que asistimos al ciclo fuimos amablemente recibidos por Alan Levy, jefe de prensa del lugar, que nos llevó a recorrer las salas y nos explicó brevemente el programa de la noche. “El Cultural” es una casa antigua muy amplia, cuyos espacios han sido adaptados para las diferentes actividades que se dictan. En el salón principal por el que entramos, se habían dispuesto algunas mesas y sillas de bar delante de las cuales se abría un pequeño escenario al ras del piso. Un cortinado negro actuaba de telón de fondo y cubría un inmenso ventanal que conducía a la habitación que generalmente se utiliza como camarín, y al patio. Sobre el lado derecho encontramos un hogar a leña, y sobre el izquierdo, la puerta hacia la cocina. Las paredes, pintadas de rosa-salmón y con apliques de yeso blanco, exponían aún las obras de la última muestra del artista Juan Bezzati, “Brillos urbanos”.

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Mientras los músicos se organizaban, afinaban sus instrumentos y ensayaban para la presentación, me senté estratégicamente en una de las primeras mesas para tomar notas y sacar algunas fotos. La gente no tardó en llegar, algunas caras me resultaban conocidas, eran amigos y familiares de los músicos. A medida que se iban sentando, Pamela Marmissolle, directora artística del lugar, colocaba sobre las mesas unas pequeñas velas y varios menús. Los tragos no eran muchos, pero estaban a buen precio. El plato de la noche resultaba tentador: legumbres, vegetales salteados y pan casero con semillas. Pocos minutos después de haber hecho el pedido, recibimos contentos nuestras copas de vino y unos pancitos tibios que estaban realmente exquisitos.
Pasadas las 20, el murmullo de saludos comenzó a apagarse, y sólo el crujir de las bisagras del portón de entrada acometía la calma. La luz del ambiente se hacía cada vez más tenue. El escenario se iluminó y Andrés Ciruzzi entró con su guitarra criolla, se sentó y se presentó: “Buenas noches a todos, yo soy Andrés Ciruzzi y esta es mi primera presentación como solista en Neuquén, perdón, en Buenos Aires”. Pensé que el acto fallido podía atribuirse a que, como él mismo dijo varias veces durante la noche, sus composiciones tienen mucho del paisaje y del aire de esa ciudad, su ciudad, pero también recuerdo que fue allí, en Neuquén Capital, donde presentó por primera vez sus canciones, en el ciclo de música de Arpillera Cultural. Los que lo que conocemos sabemos, además, que Andrés hace tiempo que toca en un dúo de cuerdas del Conservatorio Nacional de Música “Carlos López Buchardo” en el que estudia, y que también tiene una banda de metal, Cadáver, con la que se ha presentado reiteradas veces en el ciclo Nuevo Under de Gier Music Club.

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Las primeras cuatro composiciones que tocó pertenecen al guitarrista clásico estadounidense Andrew York. Escuchamos Willow, Chant, Heath y Snowflight, composiciones breves, pero tan intensas como la luz que caía sobre Andrés y su guitarra. Él hacía la magia y nosotros, desde la oscuridad, con los ojos fijos en sus dedos, nos hundíamos en la introspección más profunda. Estábamos absortos, sondeando el interior de nuestras memorias.
Luego de York, Andrés presentó sus invenciones. Sus melodías, que algo tienen de medieval, aunque denotan una temporalidad indescifrable, despiertan paisajes menos urbanos, paisajes de Patagonia. “En el mar, tus ojos se ponen rojos, y al andar, tu tristeza duele…”, cantaba en Ojos rojos. Siguió Down the street, cuya letra tiene más de una versión. La primera fue compuesta a la manera de un cadáver exquisito por un grupo de pacientes del Instituto Austral de Neuquén, y luego Andrés la fue cambiando en ese afán de trasladar a la música la mutación propia del ser humano. Definitivamente, es un romántico en el sentido prístino de la palabra. Sus obras, siempre abiertas y aparentemente inacabadas, susceptibles de cambios, expresan una subjetividad propia e individual que manifiesta un vínculo ineludible entre la naturaleza, el paisaje y las emociones. Down the street describe el andar por las calles de Neuquén en un día de primavera, y los neuquinos, que éramos muchos en la sala, volvimos a caminar por la ciudad, que poco tiene de planicie. En el Valle, el relieve copia el oleaje del mar, los bucles del viento que desarma, mezcla, junta y arrebata alegría y soledad, tristeza y añoranza. “Los álamos y el cielo azul”, evocó el músico, presencias que no son de Buenos Aires, y que se extrañan.
Pasaron casi como una corchea treinta minutos de música. Andrés interpretó el último tema, Troll Warrior, un homenaje a su infancia, antes de invitar a Lautaro Gatti al escenario. Lautaro es pianista, de larga trayectoria en diferentes bandas de metal y rock progresivo, músico sesionista y estudiante de la Escuela de Música Popular de Avellaneda. Al sentarse, le dijo a Andrés: “¿Te gusta mi corbata?”, haciendo alusión a la corbata de Bugs Bunny que tenía sobre el chaleco. “Sí, me encanta”, le respondió Andrés, y el cruce de miradas se hizo puente, se hizo cómplice de una afinidad personal que ellos mismos destacaron luego de la presentación. Hace casi tres años que tocan juntos y lo que les gusta de este dúo es que no se limitan y no ponen delante de la creación ningún prejuicio. Lautaro explicó: “Nos marcamos quizás algún detalle, nos guiamos, pero sin decir esto sí, esto no, y como este no es mi instrumento, siento que tengo más libertad y me animo a hacer cosas que probablemente en el piano no haría”. Y era cierto, esa libertad se notaba cuando pulsaba las cuerdas, nos hacía sentir que disfrutaba, nos llevaba a disfrutar con él en un ensimismamiento compartido donde sólo importaba la música.

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Comenzó Noche oscura, pero bajo aquel techo las estrellas no eran el sol como dice la letra, eran ellos. Lautaro trazaba una armonía aguda sobre las cuerdas y el ensamble era perfecto. Magnetismo y silencio devinieron omnipresentes, nos conquistaron. Llegamos al tríptico final, trilogía de un proceso interno: Conflicto, Aceptación y Ojos de fuego. Andrés dijo que este último tema era más alegre; sin embargo, a todos se nos hizo más melancólico, el recital estaba por terminar y nos costaba la despedida.
Nos fundimos con las voces, con su eco, con el vino y los aplausos. En el aire se sentían las cenizas, y otra voz, de esas que saben, despertó del recuerdo y le susurró a mi oído: “La noche tiene un secreto / y mi corazón lo sabe / a la noche la hizo dios, / para que el hombre la gane”. Y así fue, a esa noche la ganaron dos hombres.

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