[TEATRO] Yo regreso siempre

Yo regreso siempre. Discépolo, un pesimista que habla con dios por teléfono.

Por Mariana Komiseroff//

Un círculo de lucecitas en el piso tapizado de partituras marca el límite del ritual. El tango tiene eso, el aire de los años treinta, hoy teñido de ritual. Dentro del círculo una silla. Un fondo de cuadrados blancos, la ciudad abstracta: Buenos Aires. Discépolo (Francisco Cocuzza) irrumpe en la escena con un baile borracho, desalineado te lleva a recorrer su obra. El tango es el hilo conductor, un tango cantado, recitado, dicho, escupido al aire, insultado a alguien, el tango siempre. Arrabalero hasta en las frases que son fragmentos de entrevistas y no se canta.

El director, Mariano Rivera, con su propuesta te muestra que la mirada de Discépolo está atravesada por la música. Piensa en tango como yo pienso en ficción. No es que me compare con Dicépolo, si no que me identifico con esa necesidad de contarlo todo a través del arte. Mi amiga, la que está conmigo viendo la obra, en su época de fotógrafa veía todo en imágenes, es una muy buena foto, decía de cualquier situación interesante. Ahí dónde yo veía un cuento, ella veía una foto. Por ahí vos vas a ver la obra y pensás en términos de puesta en escena, en diagramas, en matemáticas, relaciones todo con conceptos financieros, tal vez tu discurso esté atravesado por el psicoanálisis, yo pienso en narrativa, no importa. Cada uno tiene esa manera única de ver: sus propios anteojos, pero a todos nos une un mismo vacío que queremos contar y no podemos. Dicépolo piensa en música y trata de hacerlo, lo intenta con unos tangos que te cierran la garganta, con unas letras y una música que ya no importa si es Cocuzza o el mismo Discépolo el que viene a cantártelas porque trascienden al intérprete. El trabajo de selección de fragmentos de frases y de tangos arma un discurso paralelo, el del director Mariano Rivera y el actor ya mencionado. Cuentan al tanguero y se cuentan ellos como artistas con la cabeza y el cuerpo atravesado por el arte y la conciencia de que eso es irremediable.
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Me identifico con Dicépolo cuando dice que tiene una melodía en la cabeza y que quiere salir corriendo a escribirla, pero tiene que pedirle a algún amigo que lo haga. Me pregunto si es por la falta de herramientas académicas que le surge esta iniciativa de pedir ayuda. A veces pareciera que la academia prometiera enseñar a utilizar esas redes para capturar el lenguaje. Es una ilusión, la falla sigue estando, la necesidad de tener el lenguaje para decir lo que se siente nunca se calma. Tal vez otro pueda decirlo mejor, acercarse a la idea un poco más, pero el vacío (otra vez la idea del vacío) seguirá estando. La obra te trasmite esa búsqueda desesperada de Discépolo, una búsqueda que termina siendo irónica como algunos de sus tangos. Liliana Diaz Mindurry dice de la ironía en La maldición de la literatura: “En la ironía hay cierta arquitectura del desprecio, una autopiedad, y la tristeza sin bordes que parece escepticismo y es conciencia trágica de lo imposible de un lenguaje figurado, de un lenguaje que nunca quiere decir lo que dice y todo el tiempo se enfrenta con la nada y con la muerte o la injusticia. Y allí se esconde la pasión con un antifaz donde no es tan fácil reconocerla”. Con la música pasa igual que con la literatura, por más que uno intente lo único que permanece es la puta certeza de que para decir eso que se quiere decir no hay lenguaje exacto, ni palabras precisas, no existen si no en un sentido que se presiente más profundo de lo que somos capaces de mostrar en un texto o en una canción. La frustración de lo inmenso con el aliciente de que al menos el arte nos permite un acercamiento al concepto que pretendemos trasmitir.

Un teléfono suena, Discepolo atiende, es dios. Habla y discute con él y se enoja, muestra su pesimismo resumiendo el recorrido por la obra, como si lo que te dije antes fuera poco, te hace pensar en muchas cosas más. Algún tango habla de la pobreza y la puesta rescata la temática sin dramatismo. Habla de la pobreza en diferentes manifestaciones, del hambre que genera la soledad. “Hay un hambre que es tan grande como el hambre del pan. Y es el hambre de la injusticia, de la incomprensión. Y la producen siempre las grandes ciudades donde uno lucha, solo, entre millones de hombres indiferentes al dolor que uno grita y ellos no oyen. Londres gris, Nueva York gris, Buenos Aires…, todas deben ser iguales… Y no por crueldad preconcebida sino porque en el fárrago ruidoso de su destino gigante, los hombres de las grandes ciudades no pueden detenerse para atender las lágrimas de un desengaño. Las ciudades grandes no tienen tiempo para mirar el cielo… El hombre de las ciudades se hace cruel. Caza mariposas de chico. De grande, no. Las pisa…” El actor dice esto, los escucho y miro a mi amiga, sonreímos. Las dos sabemos lo que significa, a pesar de ser tantos, estar solas en Buenos Aires.

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