El tango de Aristófanes, por Manuel Quaranta

Por Manuel Quaranta ///

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El Banquete de Platón pretende repasar una serie de discursos acerca del amor proferidos por distintos personajes destacados de la antigua Grecia. Uno de ellos, por supuesto, es Sócrates. Sin embargo no es de él de quien me voy a ocupar, sino de un famoso comediante de la época: el enorme Aristófanes que, luego de un inesperado hipo, presenta la historia de la naturaleza humana y los cambios que ha sufrido.

En el principio de los tiempos además del hombre y la mujer existía el andrógino, tercer sexo, un ser de forma redonda, con cuatro manos, cuatro pies, dos rostros, dos órganos reproductivos, seres completos y faltos de necesidades, vigorosos y con una fuerza descomunal. Hasta tal punto orgullosos de sí mismos que en una ocasión conspiraron contra los dioses. Zeus, luego de arduas deliberaciones, en representación de todos, decidió que el mejor castigo sería cortarlos a la mitad; una forma de hacerlos más débiles pero a la vez más numerosos y por tanto más útiles. Luego de ejecutar la división los seres no intentaban otra cosa que recuperar la unidad original. Cada una de las mitades vagaba desdichada por el mundo hasta encontrar esa parte capaz de restaurar su antigua naturaleza. Precisamente, según Aristófanes Eros “es el nombre para el deseo y la persecución de esa integridad”.

Ahora bien, la propuesta de este breve escrito es establecer una relación entre lo que deja traslucir el mito del andrógino, la falta constitutiva de todo sujeto, la media naranja de la que hablaban nuestras abuelas, la añoranza de un pasado mejor, etc. (problemáticas muy ligadas al psicoanálisis, de hecho Jacques Lacan dedicó un seminario a esta obra), y algunos de los tangos argentinos más célebres.

“El día que me quieras/ no habrá más que armonía […] florecerá la vida,/ no existirá el dolor”, la letra refiere a un posible encuentro, a una definición, a un deseo de que el otro se decida a querer; en ese instante, claro, la dicha será completa, “hacer uno de dos y sanar la naturaleza humana”.

El tango “Nostalgias” ya desde el título indica un momento que se añora, según la RAE, “una tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”, un pasado ideal que provoca la “Angustia/ de sentirme abandonado”, solo e infeliz, hasta tanto no consiga encontrar al ser amado que me permita recuperar el antiguo estado perdido. En este mismo sentido resulta interesante citar “Volver”, que afirma “siempre se vuelve al primer amor”, a ese lugar seguro, satisfacción completa y única; sin embargo, cotidianamente, parece que no queda otra que “vivir,/ con el alma aferrada/ a un dulce recuerdo”.

La letra de “Rencor” explicita la idea de retornar a la antigua naturaleza, “Rencor,/ yo quiero volver/ a ser lo que fui…”, un intento desesperado por conjurar un devenir que lo destruye todo, una herida abierta que sólo puede suturarse en la recomposición de un estado de cosas pasado. Del mismo modo lo proclama “Naranjo en flor”: “Toda mi vida es el ayer/ que me detiene en el pasado”.

Tal vez el título más sugestivo de todos sea “Uno”, teniendo en cuenta que el mito presentado por Aristófanes constantemente hace hincapié en el deseo de “llegar a ser uno solo de dos, juntándose y fundiéndose con el amado”. Uno, redondo, completo, sin falta, sin más deseo que permanecer unido con el otro. Lo que provocaría, en realidad, la abulia más completa: “deseosos de unirse en una sola naturaleza, morían de hambre y de absoluta inacción, por no querer hacer nada separados unos de otros”.

Si bien no es una letra de tango, el relato “Los amantes”, de Juan Rodolfo Wilcock, expresa de modo directo las consecuencias de encontrar nuestra media naranja:

“Harux y Harix han decidido no levantarse más de la cama: se aman locamente, y no pueden alejarse el uno del otro más de sesenta, setenta centímetros. Así que lo mejor es quedarse en la cama, lejos de los llamados del mundo. Está todavía el teléfono, en la mesa de luz, que a veces suena interrumpiendo sus abrazos: son los parientes que llaman para saber si todo anda bien. Pero también estas llamadas telefónicas familiares se hacen cada vez más raras y lacónicas. Los amantes se levantan solamente para ir al baño, y no siempre; la cama está toda desarreglada, las sábanas gastadas, pero ellos no se dan cuenta, cada uno inmerso en la ola azul de los ojos del otro, sus miembros místicamente entrelazados.

La primera semana se alimentaron de galletitas, de las que se habían provisto abundantemente. Como se terminaron las galletitas, ahora se comen entre ellos. Anestesiados por el deseo, se arrancan grandes pedazos de carne con los dientes, entre dos besos se devoran la nariz o el dedo meñique, se beben el uno al otro la sangre; después, saciados, hacen de nuevo el amor, como pueden, y se duermen para volver a comenzar cuando despiertan. Han perdido la cuenta de los días y de las horas. No son lindos de ver, eso es cierto, ensangrentados, descuartizados, pegajosos; pero su amor está más allá de las convenciones”.

Volviendo a los tangos, la venganza llevada a cabo por los dioses podría haber impulsado los siguientes versos de “Caminito”: “Desde que se fue/ triste vivo yo,/ desde que se fue/ nunca más volvió”; camino recorrido sin ella/él que genera una tristeza infinita por un abandono  imposible de superar.

Para finalizar una interpretación forzada de “Cafetín de Buenos Aires” quizás revele la clave de por qué el psicoanálisis le prestó tanta atención a Aristófanes: “Cómo olvidarte en esta queja,/ cafetín de Buenos Aires,/ si sos lo único en la vida/que se pareció a mi vieja…”; en este recuerdo de la madre se sustenta la unión del tango con el psicoanálisis: eso que se perdió tiene que ver con “la vieja”, con un momento único y mítico en el que ambos, niño/madre, Uno, fueron felices, pero que, paradójicamente, está irremediablemente perdido, acontecimientos cuya materialidad se encuentran seriamente en duda aunque “ocurridos realmente o no, son, para un sujeto, constitutivos de su ‘realidad psíquica’”.

Más tarde el niño sabrá que su madre no le pertenece (y que nunca le perteneció) y podrá al final cantar o escribir, ya adulto: “Sobre tus mesas que nunca preguntan/ lloré una tarde el primer desengaño”.

De eso trata, entonces, para mí, el tango, el mito, el psicoanálisis, y por qué no la filosofía: de un desengaño.

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