Lou Reed: el satélite de amor que voló a Marte

Por Esteban Galarza ///

Casi imperceptiblemente la primera noticia musical que tenemos de Lou es precedida por un tintineo suave seguido de su voz afeminada adrede: Así arranca Sunday Morning (Mañana de domingo) el primer track del disco de la banana o The Velvet Underground And Nico editado en 1967. La última noticia que tenemos de él fue el domingo a la mañana y tras un comunicado escueto de Rolling Stone. En medio de esos dos momentos hay 46 años en los que se forjó una leyenda, la de uno de los últimos monstruos sagrados del rock tal como lo conocemos.

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            Se torna una tarea imposible decir escuetamente quién fue Lou Reed. Baste solo pensar en él para que aparezcan un sinfín de nombres relacionados a su genio: Andy Warhol, Paul Auster, David Bowie, John Cale, Nick Cave, Laurie Anderson, Patti Smith, Robert Fripp, Henry Rollins, Iggy Pop, Sonic Youth, Brian Eno, Metallica, Jarvis Cocker. La lista seguiría absurda e imponente, adjetivos ambos que bien pueden hablar mejor sobre él.

            Absurdo porque él así se hubiera identificado mejor. Antes de ser Lou nació bajo el nombre de Lewis Allen Reed el 2 de marzo de 1942 en el seno de una familia judía de clase media de Brooklyn. Flaco y de pelos con bucles siempre fue de contextura frágil y amanerada. Sus padres por su parte aparecerán en dos momentos cruciales de su leyenda sin quererlo: El primero es cuando temieron que su hijo creciera errado, bisexual, artista. Lewis quería ser un escritor y además homosexual. Fue sometido a una terapia de electroshock que lo dejó hecho casi un vegetal. Al querer borrarle la identidad sus padres le dieron la clave de lo que luego se convertiría en un sello en todo su arte: el sonido blanco, puro, insoportable de la distorsión que todo lo limpia y todo lo confunde. El rock se le volvió un arte mesiánico desde el cual podría escribir la Gran Novela Americana, tal como él pretendía hacer: una novela poli rítmica en la que la única lectura fuese la de escuchar en orden de edición cada uno de sus discos del primero al último.

            Absurdo porque así quienes lo rodearon lo hubieran identificado mejor. A mediados de la década del 60 Lewis Allen Reed se mudó a la gran manzana en donde conoció a John Cale, un escocés muy influido de la avant garde europea y del decadentismo de los círculos de arte más excéntricos de la ciudad. Ambos tocaron juntos durante un tiempo hasta que se les unió Sterling Morrison y Maureen Tucker. El cuarteto enfundado en ropa de cuero negro, borceguíes y  gafas Ray Ban surgieron como una respuesta neoyorquina al fervor hippie. El artista plástico Andy Warhol los tomó bajo su protectorado y les impuso a la germana Nico para su primer disco. Contra los ideales de amor gozoso libre, multicolor, multiracial y pacífico The Velvet Underground mostraba un mundo sórdido y tóxico, de sexo doloroso y homosexual, guitarras duras pero a su vez mezclado con una perturbadora belleza dado a través de delicadas baladas. Lewis Allen dio paso a Lou.

La banda duró 4 discos y la sociedad con John Cale solo dos. The Velvet Underground se separó en 1970 y dejó tras de sí la piedra angular del estallido que vendría en la década que iniciaba. Esos 4 discos, que fueron uno de los más resonantes fracasos comerciales (comparable fracaso solo con el de la trilogía de Berlín de Bowie, Highway 61 Revisited de Bob Dylan o Exile on Main Street de The Rolling Stones), tienen muchas de las canciones más hermosas y poderosas jamás compuestas: “Sunday Morning”, “Venus in Furs”, “Heroín”, “I´m Waiting for the Man”, “White Light/ White Heat”, “Sister Ray”, “Pale Blue Eyes”, “Candy Says”, “Sweet Jane”, “Oh! Sweet Nuthin”, “New Age”.

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            Imponente porque es fue lo que los años que vinieron luego de la separación de The Velvet Underground forjaron en él. Como una amenaza que se cernía sobre él sus padres reaparecieron en su vida: Volvió a su casa paterna y durante dos años fue devorado por el anonimato. Intentó volver con un disco que pasó desapercibido en 1972. Entonces apareció David Bowie. El londinense había editado Hunky Dory y en Inglaterra cobraba cada vez más relevancia. Los dueños de la discográfica RCA le preguntaron a quién deseaba conocer cuando fuesen a Norteamérica. De entre todos los americanos eligió a Lou Reed porque lo admiraba con total devoción. De la unión de ambos nació el disco de 1972 Transformer: bestia pop de clásicos, sonido Glam para generaciones futuras con clásicos como “Vicious”, “Perfect Day”, “Walk on the Wild Side” o “Satellite of Love”. Hablar sobre drogas y lumpenes urbanos nunca fue tan mainstream como con Transformer.

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Pero nunca cómodo con convencionalismos fue uno de los mayores iconoclastas  del rock, junto con Bob Dylan y David Bowie: La discográfica que quería un nuevo Transformer obtuvo como respuesta Berlín: un disco amargo sobre un divorcio en el que todo termina en suicidio y desintegración. Berlín sería el primero de una serie de discos malditos entre los que se incluye el inspirado-en-las-terapias-de-electroshock Metal Machine Music y The Raven, inspirado en la poesía de Edgar Allan Poe. Transformer por otro lado también tendría segadores en clásicos como Set The Twilight Reeling o New York.

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Él siempre estuvo ahí aunque nunca lo sintiéramos. Su carrera fue un gigante autoboicot y a la vez un lento construirse y construirnos. Solía afirmar que siempre sintió la música en su cabeza. El sonido blanco mutó en el Boise de los 80 y 90 que sirvió de base para la identidad de Sonic Youth, Pixies, My Bloody Valentine, Pavement, infinitos más. Por otro lado sus baladas fueron fuente de inspiración para Morrissey, Tom Verlaine, Belle & Sebastian, Arcade Fire, infinitos más.

Y es difícil hablar de él sin ser injusto con su historia: con su sexualidad dolorosa, con su pasión por lo urbano, con su tierno amor por su esposa Laurie Anderson, con su amistad con otras leyendas de la música que en sus vidas privadas son solo amigotes pasados en años. Y por eso mismo somos injustos y será imposible enmendar alguna vez la deuda con su figura

Porque él siempre estuvo ahí hasta que no estuvo más. Su vida se apagó tímidamente y cuando nadie lo esperaba a pesar de habernos alarmado en mayo cuando tuvo un transplante de hígado. Lo que quedó fue un dolor tan grande como su figura. En las últimas horas Lou Reed creció en nuestras cabezas y corazones como desde Transformer no lo hacía. Ahora, tarde como siempre, nos percatamos de la leyenda viva que estuvo siempre tan presente entre todos nosotros. De entre todas las palabras de dolor se destacan los gestos como el de Henry Rollins, ex cantante de Black Flag que canceló un programa de radio y preparó uno con una selección especial basada en Lou Reed; o el dolor de su antiguo amigo/enemigo/amigo John Cale con quien volvió a hablarse en 1987 para la grabación del disco Songs for Drella, dedicado al también odiado/amado Andy Warhol. John Cale fue uno de los pocos que pudo expresar con palabras lo que todos hubiéramos querido decir: “El mundo ha perdido a un gran compositor y poeta… yo perdí a mi amiguito de juegos”.

El 27 de octubre de 2013 no nació una leyenda porque leyenda ya era. La muerte no puede matar a ciertos hombres. No es un adiós, sino hasta luego. Es el comienzo de una nueva era.

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