[CINE – Crítica] Blue Jasmine

Por Victoria Béguet Day ///

No existe placer más culposo, más inadmisible, más deliciosamente perverso que sentarse en una butaca mullida y prepararse, amparados por el tibio anonimato de la sala, para observar como alguien se hace pedazos. Y hace pedazos su vida. Casi, casi tan satisfactorio como hacerlo pedazos nosotros mismos. Pero desde una butaca se hace difícil esto último. Sin duda, las caídas, seducen y, a veces, garpan. Woody ya descubrió que se trataba de terreno fértil. En Crímenes y Pecados, el doctor Judah Rosenthal era presa del vértigo. Su reputación, su fama, su estatus, todo ese terreno arduamente conquistado prometía evaporarse en un instante. Los hermanos del sur de Londres de El Sueño de Casandra pagaban por su apetito desmedido. Pero no todos lo hacen. Ni en el cine ni en la vida real: el personaje de Chris Wilton en Matchpoint, especie de reencarnación irlandesa de Julien Sorel, era bendecido por la fortuna y, como en la canción de Sinatra, Lady Luck se comportaba finalmente como una dama con él. Permanecía, fiel, a su lado.  No coqueteaba con los demás jugadores de la mesa, como le imploraba old blue eyes. Y ya que hablamos de coqueteos, Blue Jasmine (o ¨la última de Woody Allen¨) coquetea abiertamente con la obra emblemática de otro grande, otro inimitable, Tennessee Williams, con Un Tranvía llamado Deseo. Lo hace mediante pequeñas referencias, guiños, tal vez, y también mediante algunos elementos de la trama, pero a menos que tengamos entusiasmo y miopía de coleccionista no resultan de verdadero interés ( ¡Ajá! ¡Tiene puesta la misma camisa que Stanley! ¡Y también rompe artefactos domésticos!). El flirteo o coqueteo más marcado se da, sin duda, con el personaje de Blanche DuBois, del cual Jasmine, interpretada por Cate Blanchett, es parienta muy cercana. (Muy pero muy). Y Blanche según Blanchett es, previsiblemente, memorable como mujer al borde de un ataque de nervios. Capta algo del horror de la locura, de convertirse en fantasma en vida (y quizás enloquecer sea eso), pero la interpretación parece haberse quedado sola, hablándole al vacío al igual que su personaje. Jasmine, huérfana y luego adoptada, se enfrenta a lo largo de la película a una segunda orfandad. Blue Jasmine tiene también una indefinible y lastimosa cualidad de huérfano.

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Hay maridajes que distan de ser ideales: papas fritas/azúcar, vino tinto/sandía, Batman/Gatúbela, mono/navaja, entre otros. Quizás Blue Jasmine sea un ejemplo de eso. Quizás el universo de Woody Allen, con su intransferible idiosincrasia, temas, habitantes, preguntas y, acaso, demonios y el universo Tennessee Williams, con los propios, sea un maridaje equívoco. O, quizás, la locura, tema en torno al cual gira Blue Jasmine, no permite ser abordada con tibieza. Sea para hacer reír, llorar o ambas. ¨Ningún lugar me parece ya habitable durante mucho tiempo, ni siquiera mi propia piel¨, escribe Tennessee Williams en sus Memorias, publicadas en 1983, el mismo año de su muerte. Llega también a describir su vida una ¨perpetua lucha contra la locura¨.  Rose, su única hermana y a la cual llama afectuosamente y con galantería sureña Miss Rose o Señorita Rose,  cuya conducta se ¨había poblado de pequeñas excentricidades¨ es internada aún joven en un hospital psiquiátrico y sometida  a una lobotomía pre-frontal, una de las primeras realizadas en Estados Unidos. La madre del dramaturgo (una mujer ¨totalmente ficticia y superficial¨), aunque corrió con mejor suerte,  también tuvo un breve paso por una de aquellas instituciones. Así, que Tennessee Williams registre afanosamente, a lo largo de sus Memorias, su propio humor cambiante, sus ¨hondos problemas nerviosos¨, depresiones, ataques de pánico, adicciones varias (al café, al alcohol, a las drogas) o su apetito sexual descontrolado (que en ocasiones pone en riesgo su vida: es golpeado brutalmente por amantes, llevado preso y, cabe suponer por una de las descripciones de uno de sus encuentros sexuales, incluso violado). Es decir, su registro, con inalterable humor  negro e infaltable lucidez, pero también con auténtico horror, de todo aquello capaz de prefigurar algún tipo de caída, de descarrilamiento no sorprende en absoluto. La locura (y quizás sea un error usar el término tan laxamente) para Tennessee Williams estaba peligrosamente cerca y era aterradoramente familiar. Pero admite, curiosamente, admiración, incluso, deseo frente a la misma. No sólo eso: la locura, ajena y propia, esconden nobleza y dignidad. Eso, acaso un posicionamiento moral, era, en parte, lo que hacía de Blanche DuBois un plato tan apetitoso en aquel nido de víboras. Que justificaban tanto para Kowalski como para el público que sea puesta en su lugar. Violada y llevada a enloquecer. Precio alto de derecho de piso si los hay.

Algo hermana a Blanche y a Jasmine más allá de las manos temblorosas producto del consumo de alcohol y pastillas, del pasado vergonzoso, de la dudosa inocencia y de la muy real fragilidad.  En sus individuales descensos a su propio infierno (si es que el descenso social puede considerarse un infierno) no deben mirar hacia atrás. Ambas pecan, antes que de vanidad o snobismo, de una lastimosa, desbordante y desbocada nostalgia. Lo hacen de todos modos, ceden a la tentación, miran hacia atrás y pagan: se pierden, finalmente, en un mundo de fantasía. Se ausentan. La nostalgia, cuando no se trata de un inocente flirteo con el pasado, debe ser castigada sin excepción. Cabe suponer que ya nos encontramos con Blanche DuBois en el pasado y es muy probable que lo sigamos haciendo. Que resucite, se reencarne y nos sirva a la hora de pagar por nuestra nostalgia.

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