Día Mundial de la Filosofía, por Manuel Quaranta

Filosofía

 

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 Por Manuel Quaranta//

Más o menos todos saben lo que significa filosofía etimológicamente: amor al saber, aspiración a la sabiduría; en este sentido,  filosofía, es un deseo, es el deseo de obtener lo que no se tiene ni nunca se tendrá. Un objeto perdido para siempre: el saber. Por tanto, vemos, la labor filosófica está, irremediablemente, condenada al fracaso.

Sin embargo, lo que acabo de escribir es, en parte, al menos, falso. ¿Por qué sería un fracaso no ser sabio, es decir, filósofo? La respuesta la dio allá lejos y hace tiempo uno de los mayores amantes del saber, Sócrates: la sabiduría está en el recorrido, en la conciencia de la propia ignorancia, en admitir que en el supuesto fracaso está el premio.

Sí, “muy bien”, podría comentar alguien (esto es un lugar común, mero estereotipo), “todo muy lindo”, pero “eso pasó hace 2500 años; ¿y ahora qué?”. “¿Para qué sirve hoy la filosofía?”. Entonces, con suma tranquilidad, le diría a este alguien, señor o señora, “aguárdeme un segundo”, para ir a buscar en mi biblioteca Nietzsche y la filosofía, libro escrito por  Gilles Deleuze; “escuche”: “Cuando alguien pregunta para qué sirve la filosofía, la respuesta debe ser agresiva ya que la pregunta se tiene por irónica y mordaz. La filosofía no sirve ni al Estado ni a la Iglesia, que tienen otras preocupaciones. No sirve a ningún poder establecido. La filosofía sirve para entristecer”. El señor o la señora interrumpiría la lectura, “no, no, yo no quise ser mordaz…”, ¿no?, bueno, “entonces preste más atención todavía”: “Una filosofía que no entristece o no contraría a nadie no es una filosofía. Sirve para detestar la estupidez, hace de la estupidez una cosa vergonzosa. Sólo tiene este uso: denunciar la bajeza del pensamiento bajo todas sus formas”. El señor, de repente, muy alterado: “¿pero usted qué me quiere decir, que soy un estúpido?”, no, no, “claro que no, fíjese”: “Denunciar las ficciones sin las que las fuerzas reactivas no podrían prevalecer. Denunciar en la mistificación esta mezcla de bajeza y estupidez que forma también la asombrosa complicidad de las víctimas y de los autores. En fin, hacer del pensamiento algo agresivo, activo y afirmativo”. “¿Algo agresivo?”, “atienda”: “Hacer hombres libres, es decir, hombres que no confundan los fines de la cultura con el provecho del Estado, la moral o la religión. Combatir el resentimiento, la mala conciencia, que ocupan el lugar del pensamiento”. “La verdad es que sigo sin entender, la filosofía sirve para entristecer, para denunciar, para hacer hombres libres… ¿No puede ser más preciso?”; “ya termina”: “La filosofía como crítica nos dice lo más positivo de sí misma: empresa de desmitificación. Y, a este respecto, que nadie se atreva a proclamar el fracaso de la filosofía. Por muy grandes que sean, la estupidez y la bajeza serían aún mayores si no subsistiera un poco de filosofía que, en cada época, les impide ir todo lo lejos que querrían, que respectivamente les prohíbe, aunque sólo sea por el qué dirán, ser todo lo estúpida y lo baja que cada una por su cuenta desearía”.

Cerraría el libro. Silencio absoluto, por unos segundos. El señor o la señora (sigue el lugar común) diría: “al principio usted explicó que la filosofía era una búsqueda, ahora dice que es una especie de límite que, encima, entristece… No me convence…”. Yo le respondería, “señor o señora, la verdad es que ni a mí ni a la filosofía nos interesa convencer a nadie, todo lo contrario”, para después ir otra vez hacia la biblioteca y agarrar el tomo II de la Historia de la sexualidad, de Michel Foucault. Allí, justo la página 12, estaría subrayada: “Qué valdría el encarnizamiento del saber si sólo hubiera de asegurar la adquisición de conocimientos y no, en cierto modo y hasta donde se puede, el extravío del que conoce? Hay momentos en la vida en los que la cuestión de saber si se puede pensar distinto de cómo se piensa y percibir distinto de cómo se ve es indispensable para seguir contemplando y reflexionando”. “Se da cuenta por qué la gente desconfía de los filósofos, ¿cómo me va a proponer un extravío?; nosotros queremos certezas, no dudas, queremos un lugar en donde pararnos, no que nos quiten el soporte”. Luego de la declaración del señor o la señora  decidiría, con mayor fervor, concluir la lectura: “Pero ¿qué es la filosofía hoy (quiero decir la actividad filosófica) sino el trabajo crítico del pensamiento sobre sí mismo? ¿Y si no consiste, en vez de legitimar lo que ya se sabe, en emprender el saber cómo y hasta dónde sería posible pensar distinto?”.

El señor o la señora (el lugar común, el estereotipo), al escuchar la pregunta final, se desmayaría: para eso sirve, sobre todo, la filosofía.

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