#Entrevista | Marcelo Savignone: el artista de la escena, por Marcos Bertorello

#ENTREVISTA

Por Marcos Bertorello

MARCELO SAVIGNONE | EL ARTISTA DE LA ESCENA

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  1. El arte y el artista.

            Cuando Marcelo Savignone habla acerca de su trayectoria, varias veces repite las palabras, artista y arte.  Por ejemplo, dice: no vengo de una familia muy artística. O también: como a los 9 años empecé a hacer artes marciales. O: cuando vine de Rosario para acá, para Buenos Aires, apareció un poco la necesidad del arte. Savignone habla de arte o de artista dándole una connotación más bien ocasional a esas palabras, y no se percibe ningún tipo de afectación cuando las dice, todo lo contrario: Savignone habla de arte o de artista en el mismo sentido que uno podría decir que un panadero o un ebanista también son oficios artísticos, porque escapan a la lógica industrial del capitalismo, y porque, en definitiva, son actividades donde se ve la mano de quién las realiza. Por eso no es contradictorio que Savignone diga entrenamiento, cuando se refiera a su preparación como actor.

Marcelo Savignone es un artista que piensa su oficio como un arduo trabajo de todos los días en el que su responsabilidad se cifra, sobre todo, en la constancia de su apuesta en el tiempo: llegar a ser un actor no es una bendición del cielo o de la feliz ocurrencia de un productor de televisión, llegar a ser un actor es un trabajo y una obsesión, una búsqueda constante de la que no se tiene certeza del final. En consecuencia, el efecto que Savignone produce en el sentido de esas palabras resulta paradójico: le quita todo el halo órfico que esas palabras parecen tener en el uso cotidiano, pero a la vez le otorga un nuevo sentido sagrado en el que el arte o el artista está al servicio de la sinceridad. Por eso, en una de sus clases, puede decir: El teatro busca la justicia. En el teatro el villano las paga. Y así también cree en el teatro como una experiencia que busca incomodar, que no es convencional, que está todo el tiempo comprometida con una vivencia propia, visceral, que pone al descubierto un mundo que se ofrece, generosamente, al otro. Yo creo en un teatro que poetice, que tenga opinión propia, y eso al sistema no le resulta fácil de asimilar, dice. En fin, Savignone no cree que el arte sea una actividad sobrenatural ni propiamente religiosa pero tampoco piensa que sea una actividad exclusivamente comercial ni exclusivamente profana.

  1. El camino.

            El viaje artístico de Savignone empezó con la música. Cuando era un adolescente formó parte de una banda de Rock, Las patas. Ahí descubrió el escenario. Y otra cosa tal vez más definitiva: lo que él podía hacer arriba del escenario. Es que el Rock no es sólo música; es música y espectáculo. Entonces se dio cuenta de que en esa experiencia había algo que lo fascinaba: descubrió que su cuerpo podía convertirse en un instrumento que expresara sensibilidad. Se inscribió en un curso gratuito de teatro organizado por la Rock & Pop, entonces. El curso lo daba Pepe Ovalle, un viejo actor que había tenido una efímera participación en Rolando Rivas Taxista. Marcelo Savignone empezó el curso con la ilusión de profundizar lo que había descubierto en el escenario. Pero esa primera experiencia le dejó un sabor agridulce. Dice: Estuve casi todo un año, en 1993; habré empezado en marzo, abril y terminé en septiembre. Estaba bueno, pero no me pasó nada. Lo que pasó ahí, no me llegó. Y me dije, ¿esto es el teatro? Ah no, me gusta más la música. Y volví con la banda. Poco tiempo después, de casualidad, vio a Tortonese y a Urdapilleta en el Parakultural. Él estaba con Las Patas, a un costado del escenario, esperando para subir a tocar. De repente, aparecen los dos actores, Tortonese y Urdapilleta. Y me partió la cabeza, dice ahora, unos 20 año más tarde, ya convertido en actor y en un actor con un camino propio.

            Después de la experiencia en el Parakultura, volvió al teatro. Pero esta vez se anotó en varios cursos en el Centro Cultural Rojas: mimo, improvisación, clown, circo. Seguía con la banda de música, estudiaba diferentes disciplinas escénicas y todo lo hacía sin un plan certero de a dónde querer ir. Como si fuera un ensayo, una prueba, o un juego inocente mientras su “vida real” estaba en otro lado: la carrera de Medicina. Porque en aquel tiempo Marcelo Savignone, todavía, quería seguir los pasos de su padre: convertirse en doctor en medicina.

            Hasta que a finales de 1997 viajó a Cuba; dice: en Cuba, por primera vez, me la pase dedicado al arte, de la mañana a la noche. Iba a hacer circo temprano, volvía, después me iba a estudiar percusión. Y los fines de semana, lo mismo. En ese instante, se vio a sí mismo de otra manera: por primera vez no estuvo la medicina cruzada en el medio. Por eso se dijo a sí mismo: ah no, yo quiero esto, yo quiero que mi vida sea esto.

            Volvió del viaje, y lo primero que hizo fue dejar de estudiar Medicina. A continuación empezó a estudiar “los territorios puros” de Jacques Lecoq en el Cervantes con Cristina Moreira. De ahí en más, las cosas se precipitaron de un modo vertiginoso. Y ahora, cuando hace una retrospectiva sobre su propia carrera como artista, se da cuenta que el teatro se transformó en el medio expresivo por excelencia para su vida y el escenario en lugar privilegiado para opinar. Por eso, además de su actividad como actor, director y dramaturgo, parece natural que haya desarrollado una intensa actividad como docente: es ahí donde Savignone piensa en su oficio, las peculiaridades de su oficio, el misterio siempre atrayente que produce el escenario y la ficción en el escenario.

            En los noventa funda con otros artistas la compañía teatral Sucesos Argentinos. Y a partir del 2001 empieza con sus propios espectáculos: La esperata, Mojiganga, El comeclavos, En sincro, Felis, El vuelo, Suerte, Vivo, Hamlet x Hamlet, Un Vania y Ensayo sobre la gaviota. Además participa de otros proyectos teatrales como director, entrenador o como actor invitado.

            Y puesto a pensar sobre su propio arte, Savignone, se da cuenta de que en los últimos años supo combinar dos espacios teatrales diferentes: el teatro de la tradición, escrito, el teatro de los grandes poetas, y el que venía practicando, un teatro más bien corporal, físico, donde lo que se cuenta sobre el escenario nunca es sólo una simple reproducción de la realidad y donde la palabra tiene un lugar más aleatorio y hasta lúdico. Sus tres últimos espectáculos tratan de poner pie sobre textos consagrados: Hamlet de Shakespeare, El tío Vania y La Gaviota de Chejov.

  1. El trabajo.

Savignione trabaja de una manera intensa, obsesiva, pero en ningún momento se percibe tensión en el ambiente, ni cuando ensaya con sus actores el espectáculo sobre La Gaviota de Chejov, ni delante de sus alumnos en un seminario sobre máscaras Balinesas.

El ensayo empieza puntual, pero sin su presencia. Como si los actores fueran consientes de ser una parte ínfima de una bestia escénica que funciona a partir de un mecanismo que parece estar más acá o más allá del deseo individual. De hecho, durante casi la primera hora del ensayo todos hacen todo: preparan la escenografía, prueban las luces, el sonido, afinan los instrumentos. Entonces llega. Se juntan en el medio del escenario. Savignione cuenta que la próxima función es la función de prensa. Después se dedica a repasar paso por paso los principales mementos de la obra. Esto dura poco menos de media hora. A continuación, empieza el ensayo general.

      En el seminario sobre máscaras balinesas también hay una sutil puesta en escena: Savignione llega después de un rato. Junta a los alumnos en el medio de la sala, en círculo, y después hace una breve presentación formal de cada uno. Empieza la clase, entonces. Es curioso verlo trabajar como docente. Los alumnos van llevando a cabo una serie de trabajos escénicos. Él camina por todo el espacio y habla, no para de hablar. Y lo curioso es escucharlo. Porque además de las consignas de trabajo, Savignione, todo el tiempo reflexiona sobre el hecho escénico, como si estuviera escribiendo en voz alta sus propios apuntes teóricos sobre el teatro. Dice: el teatro es algo extraordinario, es algo que escapa a la lógica de todos los días. Y también: los movimientos del actor son movimientos mínimos, en los que hay una economía que hay que respetar. Y, además: las máscaras hay que tratarlas como elementos sagrados, como uno de los elementos del teatro que merecen todo nuestro cuidado.

            La versión que Savignione hace de La Gaviota de Chejov puede ser pensada como si fuera una obra intervenida. Está la consagrada pieza de Chejov, La Gaviota. Y, además, la versión que escribió Tennessee Williams, Los cuadernos de Trigorin. Savignione abreva de las dos, las hace confluir en otra puesta en escena, y, además, las interviene. Savignione mezcla lenguajes. O en todo caso, en ciertos momentos donde la trama dramática de la obra entra en una zona intensa, Savignione decide contarlo en un registro diferente del que Chejov propuso originalmente. El amor entre el viejo escritor y Nina se convierte en una danza con movimientos de gaviotas y música pop; los monólogos de Trigorin sobre el arte y la creación artística son un discurso cuasi político de barricada; las peleas familiares son coreografías musicales.

 4- Opinión.

             Hay un momento en el que el tiempo y el espacio parece confluir en un mismo punto, y entonces los tres planos del trabajo de Savignione se superponen: la clase, el ensayo y la actuación de la obra. Y es ahí cuando comprendemos la dimensión ideológica y ética de su trabajo artístico: Savignione cree que el teatro es un lugar de expresión en el que el artista tiene la posibilidad de decir algo poético sobre la vida. Vemos al docente hablándoles a sus alumnos, también vemos a Trigorin hablando en el escenario sobre las desdichas del escritor y además, vemos al director hablando a sus actores acerca del misterio de la escena teatral.

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