#Reseña | La memoria hecha sustancia, por Leticia Valdés

No existe un color tan poético como el azul. Mixtura de sueño melancólico y nostalgia insondable, su tonalidad no agrede ni transgrede, no hiere ni disgusta. Modesto, casi neutro, permanece sereno, llano, se percibe infinito…
De esta misma forma es como se presenta hoy el espacio de la Fundación ICBC. Y es que sus paredes se han teñido de un elegante azul de Prusia efecto de la cianotipia, técnica elegida por el artista Marcos Mangani para elaborar parte de las imágenes que conforman su muestra “MOVIMIENTO NATURAL”.

Producto de cuatro viajes a residencias en Neuquén, Salta, Bolivia y El Tigre, la intención de su trabajo fue la de grabar distintos escenarios en diferentes formatos: un modo fue fotosensibilizando papeles y telas, exponiéndolos a la intemperie en ciertos lugares específicos para luego revelarlos con agua corriente, y el otro fue sustrayendo formas y texturas de la superficie del suelo mediante el uso del yeso: “Partiendo de la lógica fotográfica del contacto directo, apoyé yeso en polvo sobre el suelo y dejé que la humedad del mismo lo fragüe, para luego poder trasladar ese fragmento de superficie solidificado”. El resultado intenta relatar esas experiencias reflexionando, sobre todo, acerca de la luz y el paso del tiempo.

Interpretando la naturaleza
La curadora general del espacio, Victoria Tolomei, diagramó un programa compuesto por cuatro exhibiciones, todas ellas vinculadas al concepto que se desprende del título: “LA TIERRA QUE HABITO”. Para  dicha iniciativa propuso que las diferentes disciplinas artísticas estuvieran en diálogo con el contexto que rodea a su proceso de producción. Es por esto que el curador invitado en esta tercer ocasión, Federico Curutchet, decidió convocar a Mangani, debido a que el artista necesita del contacto directo con el entorno natural para realizar su trabajo: “Mangani opera como un sacerdote en un ritual, como intermediario espiritual. Aquel que entiende el lenguaje y abre los canales de comunicación para que la naturaleza hable en su idioma sin que su majestuosidad se vea interferida. Su gesto no es solemne ni mucho menos, sino que se entrega de la misma forma que lo hace el soporte. Su virtud principal es la de escuchar, cerrar los ojos y abrir la percepción”.

Pequeñas piezas dispuestas en un intento de reconstrucción de aquel viento, aquellos cielos y lluvias, se adueñan de lugares remotos procurando extraer la emoción de sus instantes, que aparecen fugaces, como los recuerdos de nuestra propia vida.
Un juego de luces, sombras y palabras colma el espacio, creando una bitácora monocroma que contrasta su rusticidad con la arquitectura neoclásica que la cobija.

Mangani devela situaciones ocultas, atesora fracciones de tiempo, provocando a los materiales para que estos reaccionen ante su inevitable paso. Ni lentes, ni cámaras se interponen en la relación entre el paisaje y el soporte. El artista busca más bien una revelación, una transformación de la materia: “Camino por la montaña con un laboratorio en la mochila. Observo atentamente el espacio y escucho lo que me propone. Me detengo. Despliego mis químicos, dispongo grandes telas y dejo que se vuelen, se mojen, se entierren, se caigan. Dejo que el entorno intervenga ese plano sin mi control… Esa acción se graba hasta que la obra me avisa cuando está lista”.

Movimiento Natural 1

“MOVIMIENTO NATURAL, LA TIERRA QUE HABITO” podrá verse hasta el 30 de Septiembre, de lunes a viernes de 10 a 20hs, en Riobamba 1276. El artista cierra así un ciclo de dos años, para encarar una nueva experiencia, esta vez con la ciudad de Berlín como destino.


 

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