#Crónica | Desde el interior, por Giselle Aronson

#Crónica

Por Giselle Aronson

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Confesión anunciada

Tengo la convicción de que, no importa cuántos años pasen, uno es pajuerano en Buenos Aires si no nació aquí.

Más allá de la desorientación de cada cual, de la habilidad con los mapas, la compatibilidad con los gepeeses, para quienes venimos del mentado “interior”,  la capital del país siempre es una novedad y una extrañeza.

El inicio

Hace dieciocho años me vine de Rosario. Antes, había llegado a Rosario desde Gálvez, una ciudad chica en medio de la provincia de Santa Fe. Es decir, soy doblemente pajuerana.

Si Rosario me pareció grande en mi juventud, Buenos Aires era un monstruo inabarcable e imposible que mi adultez tampoco podía afrontar.

En el 98 recalé en Capital, a un departamento en el Barrio Norte más modesto, con un marido que trabajaría hasta las 11 de la noche, una hija de diez días, un post parto devastador y el descalabro que todo eso puede producir en la psiquis de cualquier persona.

La primera semana lloraba cada día, a cada hora. La segunda, sólo lloraba una vez por día. La tercera, cada quince días y así, la progresión de semanas fue dando lugar a la regresión del llanto hasta que pudieron pasar semanas sin que volcara ni una sola lágrima y todo decantara en una añoranza seca.

De esos primeros tiempos me quedó la imagen de mí misma, sentada en el piso del living del departamento, la espalda apoyada en una pila de cajas para desembalar, amamantando a mi primogénita hasta que la llegada de los muebles nos permitieran otras comodidades.

Después vinieron los paseos por Santa Fe, que más que ventilar a la beba, servían para drenar el sedimento lácteo en la madre.

A instancias y a expensas de la maternidad, había que arreglárselas sola: mi familia materna en Rosario, mi familia política en Haedo, la Capital era un territorio temible y no me quedaba otra que enfrentarlo si no quería caer en la locura helicoidal de ser madre primeriza, del interior y a desgano.

Había que salir porque no todo se resuelve entre algodones cotidianos y hogareños, ni siquiera lo relativo al hogar. Había que salir, inevitablemente. Ir al super, al banco (porque en aquella época el homebanking no era una opción tan generalizada), visitar a algún médico, hacerse algún estudio. Y, como prioridad, tratar de armar una red social y laboral en ese territorio desconocido o resignarme a que la madre se engulla toda mi subjetividad.

El tempo capitalino

Era en la calle donde se notaba uno de los contrastes más visibles: el tiempo.

Tengo una hermana mayor que vivió muchos años en Capital antes de irse del país. Yo solía visitarla con frecuencia previo a mudarme. Viajaba desde Rosario y me quedaba unos días en su casa. En una de esas visitas, nos tomamos el subte en la estación Carranza. Era el año 1996 y esa era la cabecera de la línea D. Mi hermana me lo advirtió y aclaró que podíamos conseguir asiento si nos apurábamos a entrar al vagón. “Entremos rápido”, fue su directiva. Y yo entré con mi rapidez rosarina. Ella consiguió asiento enseguida, yo no.

Me llevó un tiempo adaptarme al ritmo capitalino pero lo logré. Y cuando volvía de visita a Rosario, su lentitud me exasperaba: empezaba a alienarme.

Otra vez el subte

Al principio le tenía miedo al subte. Mi temor más irracional era quedarme atrapada entre las puertas y que arrancara con mi cuerpo flameando en los túneles. También logré vencerlo. Al punto tal que lo tomaba para ir al centro, mi beba a horcajadas en una mochila por delante y el coche paragüitas por detrás. Siempre pienso que los pasajeros que coincidían con nosotras en los viajes me deben haber odiado: una mujer con un penetrante olor a vómito de bebé, surtiendo paraguazos a su alrededor cada vez que se movía. Un encanto metropolitano.

El trazado

La orientación tampoco fue fácil para mí. Rosario tiene una cuadrícula casi perfecta. Tanto que las alturas de las calles se mantienen durante paralelas, casi en todo su trazado. Si bien no es La Plata, Capital está atravesada por calles que no siempre respetan ni el paralelismo ni la progresión de las alturas. Y a eso le sumamos la seguidilla de calles con una misma orientación: cuatro cuadras hacia un sentido para que aparezca una hacia el sentido contrario.

Hoy

Nunca pude aprenderme el orden de aparición de las avenidas. Todavía no lo logro.

Después de dos años en Barrio Norte, previa escala mínima en Liniers, me mudé a Haedo, conurbano bonaerense, zona oeste. Para los “locales”, es decir, los que ya nos instalamos en Capital y conurbano, ésa es una diferenciación fundamental, básica, imprescindible y fundante. Pero, de algún modo, todo lo que rodee a Capital, para una persona que viene del mal llamado “interior”, también pertenece al ámbito porteño. Por la sola posibilidad de tener acceso en relativamente poco tiempo. Y de alguna manera es así. Porque no hay manera de zafar de Capital. Porque, al final, te engulle. Porque sí; Dios, el Diablo y todo el espectro de personajes del universo religioso, político, social, cultural, atiende en Capital. No hay con qué darle y sólo nos queda la resignación o la resistencia.

Por más conurbano que detentes, vas a tener que ir a Capital, al menos, una vez cada estación del año, con suerte; una por semana o mes, por obra del destino; todos los días, por fatalidad.

Contar las vicisitudes del transporte público para lograr el cometido, a estas alturas de la crónica y la literatura, sería redundante. Amontonamientos, demoras, servicios pésimos: la deshumanización sobre ruedas. El transporte privado tampoco se libra de la pesadilla: en horario pico cualquier acceso a Caba es imposible. Uno envejece en el viaje. Y además de envejecido, si llega, encontrar estacionamiento se convierte en una odisea: no hay lugar en las calles y si no queda otra, deja el coche en un estacionamiento. Entonces uno vuelve a su casa con uno o dos órganos menos.

El léxico

Al día de hoy, no logro incorporar ciertos términos. Si voy a la carnicería, me quedo mirando la pizarra con los cortes porque el primer impulso es pedir costeletas. En un bar, tengo que tomarme dos segundos para repasar: las medialunas de manteca son las dulces; las de grasa, las saladas. Sí agradezco comprar facturas por docena y no por kilo, como en Rosario. Eso es un alivio, nunca se sabe cuántas unidades entran en el pesaje.

Como no pido bife de chorizo, no tuve necesidad de desterrar de mi léxico al entrecot.

La idiosincracia

Sí, los porteños son creídos, soberbios, creen que se las saben todas. Todo eso es cierto. Sin embargo, nunca nadie en Capital me negó una información cuando la solicité, las miles de veces que me perdí, que no encontré una dirección, que no supe hacia dónde ir. Nunca me miraron como si estuviera loca cuando intenté tomar contacto con alguien en la calle, con cualquier excusa o justificativo.

Cuando atravesás esa barrera de autosuficiencia que detentan, los porteños son adorables. Simpáticos, compradores, confianzudos. Lindos.

Final y conclusión

Hace dieciocho años me fui de Rosario y llegué a Capital primero, al conurbano después.

Allí y aquí me instalé, estudié, trabajé, tuve hijas, me separé, volví a emparejarme, hice amigos, escribí, publiqué libros, conocí gente. Salí a cenar, al cine, al teatro. Sufrí y la pasé bien. Viajé, conocí otras ciudades de otros países.

Atravieso la línea del Sarmiento o en auto, entre una y cinco veces al mes para -por distintos motivos- llegar a Capital Federal. Planifico la travesía, organizo recorridos, estudio mapas, exprimo el google maps. Siempre me pierdo. Siempre vuelvo a encontrar el camino. Siempre llego adonde tenía que llegar. Nunca sin dar varias vueltas, pedir coordenadas por teléfono, desesperarme y putear.

Y siempre, siempre que paso por el Obelisco, vuelvo a sentirme una pajuerana que piensa: “mirá dónde estoy”.

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2 thoughts on “#Crónica | Desde el interior, por Giselle Aronson

  1. ¡Muy bueno! Yo nací acá, viví casi siempre acá (excepto por un maravilloso impasse de diez años, cuando viví en Mar del Plata) y te puedo asegurar ¡que me siento iguaaaal! Esta ciudad me exaspera. Tengo la esperanza de irme.

  2. Muy bueno Giselle!! Exactamente lo que describis tan bien lo vivi yo en el mismo tiempo. Fuimos pajueranas contemporaneas y eso nos llevo a conocernos con nuestros bebes..vos con Sol yo con Agustin.

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