#Teatro |La tensión entre lo oculto y lo manifiesto: Cronología de las bestias

Por Carla Chinski

En su libro sobre escritura, Patricia Highsmith define al efecto suspense como “amenaza de la acción física violenta, o el peligro en la posibilidad misma de esa acción”. La amenaza es precisamente lo que da pie a esa sensación de peligro que sobrevuela la obra de Lautaro Perotti, estrenada por primera vez el año pasado; un peligro que no solo está presente en los que observan desde afuera (el pueblo, que quiere saber qué pasó con el [des]aparecido) sino también y sobre todo, en los que están adentro, la familia. Así, se van presentando los personajes. El suspense empieza con un llamado telefónico, una conversación que se nos presenta entrecortada, a medias. Con esto, se adelanta el recurso que Perotti coloca en el texto de manera estratégica: el juego constante entre lo que los personajes dicen y lo que eligen callar, lo que el espectador sabe y lo que no. O, también, lo que es mejor que no se sepa. La principal intriga, qué es lo que pasó con el hijo [des]aparecido, por qué se fue, es solo la primera ficha de dominó en la cadena de derrumbe de la familia.
  Los secretos familiares, el pasado oculto, perdido o irrecuperable son los grandes ejes de la obra: como dice el personaje más cómico e histriónico, la tía Celia (Adriana Ferrer), “todos tenemos algo que esconder”. También se pone en escena la hipocresía: Beltrán (Andrés Civaglia) dice que “en esta casa no hay una gota de alcohol”, mientras se la ve a su madre Olinda (Silvina Sabater) con una petaca en la mano.
Mientras se desarrolla la trama, la sensación es que podría pasar cualquier cosa. El uso del espacio (el tamaño reducido de la sala, la escalera lateral por donde algunos personajes se convierten en observadores, los tres planos en la escenografía) mantiene en vilo la mirada del espectador. Por otro lado, las luces frías, la ausencia de música, el uso estratégico de los silencios o pausas en el diálogo, refuerzan esta sensación. El uso de los actores del espacio va creando una división entre un “nosotros” interior y un “ellos” enemigo y exterior, en su mayor parte invisible—la prensa, la Iglesia, la policía, los vecinos curiosos. Aquí es donde Perotti sabiamente se aleja de una estética realista tradicional y la historia cobra vuelo: a modo de reconstrucción de pistas, con el uso de flashbacks entre cada escena, el pasado retorna virtualmente al presente de los personajes, generando un efecto inquietante de dejà-vu. ¿El resultado? Que el espectador, que estaba en el mismo lugar de no-saber que los “de afuera”, deje de ser un mero observador y se convierta en partícipe de ese saber compartido. Sin embargo, la tensión no se sostiene tanto sobre el primer tercio de la obra, salvada por la interpretación de los actores, sobre todo, de Sabater y Civaglia.
La obra entretiene, pero si lo hace no es solo por la “superficialidad” de esa violencia propia del suspense, sino porque todo lo que se dice y se hace significa algo más. El texto se desarrolla en profundidad, sin un sentido único ni moralizante. Hay, por ejemplo, muchos indicios sobre aquello que está, como el crimen que intentan ocultar algunos de los personajes, literalmente debajo de la superficie, enterrado; el uso de objetos anacrónicos a nuestro tiempo; la mención de talleres clandestinos, de desaparecidos, que pueden leerse como alusiones actuales y al mismo tiempo histórico-políticas del pasado de nuestro país, concretamente, la última dictadura militar.
La tía Celia teje de manera compulsiva sweaters idénticos que irán tiñendo a la escena y los personajes de una metáfora que reaparece, ese tejido que es la complicidad de la familia. Queda la pregunta: hasta qué punto, o no, puede esa complicidad ser criminal. Cómo se puede poner en escena la ausencia, lo que no está; cuántas veces se puede contar la misma historia; qué pasa cuando esa estructura familiar supuestamente sanadora es la que más daña. Una vez revelado el secreto, se desenmarañan, como el tejido de Celia, las verdaderas “bestias”. Esas bestias—parece plantear la obra—no son solo los de afuera: también somos nosotros.



Ficha técnica:

Dramaturgia y dirección: Lautaro Perotti

Actúan: Juan Manuel CasavelosAndrés CiavagliaAdriana FerrerJulián KrakovSilvina Sabater

Vestuario: Cinthia Guerra

Escenografía: Eduardo Pérez Winter

Diseño de luces: Eduardo Pérez Winter

Fotografía: Sol Schiller

Asistencia de escenografía: Mauro Gianera

Asistencia de iluminación: Mauro Gianera

Asistencia de dirección: María García De OteyzaEmilia Rebottaro

Producción ejecutiva: Daniela Contreras

Viernes 21:00 hs. / Domingos 21:30 en Teatro Timbre 4 (Boedo 640)

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