#Teatro | Condición de buenos nadadores, de Camila Fabbri, por Carla Chinski

#Teatro

Por Carla Chinski

El idioma del cuerpo:

            El olor a cloro en la neblina del agua evaporada es lo primero que se nota al entrar al sector del natatorio donde va a tener lugar, durante cincuenta minutos, la obra de Camila Fabbri presentada el año pasado como parte del Festival de Novísima Dramaturgia Argentina, y reestrenada ahora en el Club Vasco Gure Echea. Los espectadores se alinean cerca del borde de la pileta, como si ellos mismos fueran nadadores, y toman asiento. Detrás, algunos focos de luz y, delante, los altoparlantes. En clave de aquellas obras del off que trascurren en casas tanto dentro como fuera de la ficción, cuya extraescena se convierte en referente físico y real para la acción (es decir, hay más de “escena” que de “puesta en escena” en lo que refiere al espacio), uno no sabe qué es parte de la escenografía y qué estaba allí de antemano.
La obra está basada en un cuento de Fabbri recopilado en su libro “Los accidentes”—que recomendamos–, publicado por la editorial independiente Notanpüán. No es el qué, la estructura clásica y el tema de la trama, que es la familia: Manuel, el padre (Mauricio Minetti) viaja desde Argentina a Lisboa para encontrarse con su hijo Agostiño (Facundo Livio Mejias), enseñándole a nadar de noche para seguir las recomendaciones de su cardiólogo. Menos aún si consideramos la predominancia de esta temática en nuestro teatro, con “El loco y la camisa”, “La omisión de la familia Coleman”, “Mi hijo sólo camina un poco más lento”, entre muchísimas otras. Más bien, es el cómo, es decir, de qué manera ese espacio “real”, con unos pocos elementos—el olor, el cocodrilo inflable, un cartel que se extiende por encima de la pileta y dice PERIGO—se corre de lo cotidiano hacia otro lado, hacia los bordes de esa realidad.
Cualquier sonido, de la platea que ocupa uno de los cuatro lados del rectángulo de la pileta, hasta la escena, que ocupa tres, se amplifica en eco.  Este es el primer y mayor inconveniente que conlleva la elección del club de natación: la falta de acustización del espacio. Por un lado, porque los parlamentos de los actores no se entenderían de no ser por los amplificadores que reciben la voz de cada actor desde un micrófono “cucaracha”. Por otro, porque todo sonido proveniente de la platea resuena involuntariamente, a veces hasta interrumpiendo los silencios (en la obra, prolongados y necesarios) entre padre e hijo.
Más allá de las reverberaciones por fuera de la ficción, también aparecen diálogos entrecortados entre hijo y padre. Un rasgo importante: el hijo es mudo. Entonces, ese diálogo se mantiene entre uno, que no habla a través de la “voz alta”, y otro, que sólo puede alzar la voz y decir todo menos lo que realmente quiere. El padre nunca toca el agua, solo habla de ella, lo que se “debe hacer” y lo que no, da órdenes y consejos desde su autoridad que, al principio del texto, no parece cuestionarse. Agostiño será el que ponga el cuerpo, pasando cerca del público con todo menos la cabeza dentro del agua, como animal al acecho. Nos preguntamos si la presencia silenciosa, la falta de comunicación gestual o física (la inexpresividad del rostro del actor) no resulta a veces demasiado escueta, haciendo que se enlentezca el ritmo de la obra.
¿Es un diálogo cuando el que escucha no contesta de la misma manera, cuando el que habla, habla solo? De cualquier modo, discurso-padre y discurso-hijo se van configurando alrededor de lo no dicho, también siempre al acecho, esto es, por los “buenos usos” y cuidados del cuerpo. La tensión de dos polos, del boxeo por un lado y de la natación por otro, o autodefensa y perfección de las formas. Así, se da paso a la sensación de PERIGO que estaba ahí desde el ingreso a la sala/natatorio, a percibir el límite, aparentemente infranqueable, del vínculo extrañado.
A través de la disposición de los cuerpos y las acciones (padre que observa, hijo que hace), entrevemos el poder en el vínculo—es la historia que cuenta el padre al principio, el del cazador que termina siendo cazado por su supuesta presa.
¿Es un diálogo si padre e hijo hablan literalmente en otro idioma? Porque no podemos suponer que Agostiño hable ni entienda español. Y si los interlocutores hablan a través de personajes disfrazados, ¿quién habla, en verdad? Hacia el desenlace, se hace presente aquella sensación de realidad extrañada, notablemente, con muy pocos aunque pertinentes elementos de la puesta, que transforman al fin ese espacio referencial en un drag-show meta-teatral. Durante y después del número musical, en un despliegue ominoso á la Lynch, se invierten la mentira y el secreto: el cuerpo desnudo del nadador, que correspondía al hijo mudo, estaba paradójicamente más travestido que su alter-ego escénico. Mentira y verdad son, aquí, capas de seda brillantes y coronas que pueden ponerse y sacarse a voluntad. El discurso híper-masculinizado del padre (que por momentos roza el estereotipo de “macho argentino”) se desviste y queda resonando una identidad travestida pero real, real y mucho más cercana a Gostiño. Allí, como dice Manuel, el cuerpo hace solo, no importa en qué idioma. En aquellos bordes de realidad, se abre ese espacio un poco sagrado como evocaba, por ejemplo, Héctor Viel Temperley en sus poemas. El agua y la natación como hierofánicas (“Soy el nadador, Señor / Soy el hombre que nada”), con aquellos dos que nadan hacia lo que menos han conocido en su vida pero están empezando a conocer: hacia el propio cuerpo.

CLUB VASCO ARGENTINO GURE ECHEA
Juan Domingo Perón 2143 (mapa)
Capital Federal – Buenos Aires – Argentina
Entrada: $ 200,00 / $ 150,00 – Domingo – 19:00 hs y 20:30 hs – Del 09/04/2017 al 25/06/2017

Ficha técnico artística:

Texto: Camila Fabbri
Actúan: Néstor Conte, Facundo Livio Mejías, Mauricio Minetti
Músicos: Néstor Conte
Vestuario: Anna Franca
Iluminación: Sebastián Francia
Sonido: Nicolás Payueta, Sofía Straface
Diseño gráfico: Santiago Pozzi
Asistencia de dirección: Marta Salinas
Arreglos musicales: Franco Calluso
Producción: Aeroplano, Brenda Lucía Carlini, Juan Renau, Stefania Sans
Colaboración Actoral: Hadeff
Coreografía: Marta Salinas
Realización: Lucas Coiro
Dirección: Camila Fabbri
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