#Danza|”Onegin” por Bibiana Candia

Polina y las constelaciones

Por Bibiana Candia (Corresponsal desde Berlín)

Hace años que me di cuenta de que un aeropuerto es el mejor lugar para tomar decisiones transcendentales. Es necesaria la asepsia de un lugar perfectamente impersonal, la fragilidad del espacio franco y la inminencia de volar, para darnos la valentía de afrontar sea lo que sea con el aplomo de quien sabe que va a saltar al vacío, y además cuenta con que hay algunas posibilidades de que estadísticamente no llegue al suelo sano y salvo.

La mente trabaja en esos momentos con la precisión de un mecanismo suizo, como el escalpelo de un cirujano, definiendo perfectamente qué es lo importante y qué no, cuál es el peso exacto de la verdad que quieres cargar, real y metafóricamente. Es necesaria esa distancia de seguridad y de peligro, la distancia de no estar en ningún lugar.

Hace como un mes volví a tener una sensación extrañamente parecida en el teatro Schiller, Polina Semionova reapareció en Berlín como prima ballerina en Onegin, después de su baja por maternidad. El espectáculo lo tenía todo para que alguien como yo, amante de Puskin, del dramatismo del XIX y emocionada con ver en directo a La Semionova por primera vez, saliese del teatro feliz como una niña en navidad. Sin embargo ya durante la propia función ante la imagen de Polina deslizándose como si llevase incorporada su propia ráfaga de viento, delicada y precisa moviéndose por el escenario sin tocar apenas el suelo, sintiendo el suspiro del público cada vez que Wieslaw Dudek, en su papel de Onegin la levantaba en el aire, una extraña sensación de urgencia no me dejaba apartar los ojos del escenario, me obligaba a mirar aquella mujer con la fascinación de quien sabe que está viendo una visión que en cualquier momento desaparecerá.

Y entonces lo supe.

En aquel teatro como en los aeropuertos, estaba sola ante la gran verdad. Sola ante una artista que empezó a bailar antes de saber escribir la palabra ballet, y que durante años ha ensayando esos movimientos para ejecutarlos al milímetro, acompañada de una orquesta que tocaba en ese momento sólo para los presentes aquella noche. Esa tensión en el aire del directo, de la batuta del director, del paso preciso y el pie en punta y el porté exacto. Todos los acordes, gestos mínimos y correcciones colocados como una constelación gigantesca y bellísima, que desaparece cuando se encienden las luces.

Esa noche nunca se volverá a repetir, habrá más representaciones pero nunca serán las mismas, por eso la próxima vez que entréis en un teatro recordad que el arte se la juega a  vida o muerte cada función.

 

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